
El 74,7 por ciento de los jóvenes de entre 25 y 34 años afirma que no asiste a misa habitualmente, según datos extraídos del barómetro de septiembre del CIS. En el extremo opuesto se encuentran los mayores de 65 años, con un 67,3 por ciento de asistencia.
Podría parecer que a un ateo convencido como yo estos datos le llenarían de esperanza ante la supuesta llegada de esa generación que, por fin, vivirá libre de supersticiones absurdas -cuando no sangrientas, que diría la finada Hipatia-, pero es que eso no es todo: unos párrafos más abajo, ese mismo informe asegura que el 75 por ciento de los encuestados se define católico, aunque reconocen no asistir casi nunca a los obligatorios ritos eucarísticos. O sea, que no se trata de una genuina convicción filosófica sino, simplemente, de pereza intelectual; son católicos como podrían ser de la asociación de vecinos: "mira, yo pago mis cuotas y el presidente, que se encargue de todo".
Pues miren, a un ateo convencido como yo, le apetece cien veces más tomarse un té con un creyente honesto que con esta lamentable pandilla de víctimas de la LOGSE que, en pocos años, va a liderar el mundo del siglo veintiuno.
Que dios nos pille confesados...